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De la batalla, el periplo. (A propósito de la exposición de Abraham Lacalle en el CAC Málaga)

En principio el caos y orden parecen términos antagónicos. El caos no puede reinar en un orden aparente, el orden está exento del caos. Esas ideas parecen ser obvias en una lógica global. Lo cierto es que,más allá de toda razón y en el límite de lo que se puede llegar a comprender por las experiencias o conocimientos previos, existe un terreno de nadie, una frontera que separa dos abismos: el del caos y el formalista. Moverse en estos límites entraña ciertos riesgos, siempre asumibles por aquellos que conocen bien dónde están los márgenes. En el terreno de la creación no es fácil transitar por estos límites, no siempre se consigue el efecto deseado y es fácil caer en el caos o dejarse llevar en exceso por la razón. Sin embargo, hay artistas que han hecho de estas fronteras el origen de su singularidad. Hasta el punto de que, precisamente, la capacidad de moverse en las fronteras de la inverosimilitud, de coquetear descaradamente con la razón y el desorden, parte ya desde el propio inicio de su actividad creativa… perdón! quise decir mental. Un ejemplo evidente es Abraham Lacalle. En su pintura es necesario dejarse llevar, guiado por su instinto, a escenarios siempre al borde del abismo.

Lacalle plantea en su obra un juego de términos duales, no necesariamente antagónicos, que incita a enrolarse en viajes entre el interior y el exterior de cada persona. Más que viajes son periplos no exentos de aventuras y sorpresas que contribuyen a hacer de ese trabajo, una experiencia verdaderamente emocionante. Como otros artistas españoles del final del siglo XX, y también de nuevas generaciones del XXI, él es heredero de la tradición pictórica española que despertó a mediados de los años ochenta, con un giro hacia la abstracción y recogiendo testigo de los grandes movimientos sociales de la época. El artista se escuda en estos sentimientos para proponer una crítica ácida y comprometida de la situación social actual. La sobreexposición en los medios de comunicación, la voracidad de la cultura de la imagen capaz de sepultar cualquier argumento, en definitiva, con las armas que tiene, usa toda la artillería para evocar una reflexión sobre temas pendientes, cuestiones sin resolver, que coexisten en la sociedad actual.

Emplear el lenguaje bélico no es casualidad. Lacalle ha diseñado un campo de batallas donde librar contiendas desde el interior de uno mismo hasta pasar por las fronteras de la razón y acabar siendo un asunto más grave: un problema de índole social. Heridas que a su juicio están sin cerrar, sin cicatrizar y que en los últimos tiempos, y a propósito de la pérdida de determinados valores sociales y personales, han resurgido con más vehemencia y dolor. Empleando el color, una obsesiones recurrente, como una herramienta transmisora de un lenguaje simplista y complejo a la vez, el artista traza una historia que cobra vida en tres lienzos a gran escala, proyecto realizado expresamente para exponerse en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga.

Al pronosticar un orden en este caos, Lacalle comienza su relato intangible por una travesía por el desierto (Un iconoclasta anda suelto, 2014). Un paisaje en el que se adivina una casa derruida, algunas especies de plantas o árboles invasores, una figura espectral, un ovni. A priori, este último objeto desentona en el conjunto general, pero,es la forma que tiene de ironizar sobre un auto-psicoanálisis. El viaje hacia el interior comienza con una notable dosis de ironía, aunque subyace el drama de partida, un escenario desalentador, es un hecho. En la escena que le sigue, la selva (Atocha, 2014), con un cambio de registro en cuanto al uso del color y la intención del artista, plasma todos los elementos en un escenario de estas características con animal incluido (y ¿porqué ahora mi recuerdo me lleva a Rousseau?…) Esta suntuosidad en cuanto al empleo del colorido y elementos ornamentales que transmite cierta paz en un entorno natural y salvaje, se rompe cuando sale a la luz la artillería, con un cañón que irrumpe en la escena, quede nuevo pone en alerta al espectador sobre cuestiones fundamentales. Por último, un paisaje arrasado (Bostezo,2014), con árboles caídos y la figura de un hombre a medio pintar aparentemente muerto en la contienda, muestra un entorno apocalíptico, ruinas y el dolor que es más que palpable en la pintura. El fracaso del ser humano en cuanto a dejarse llevar por la invasión, sin contemplaciones, de efectos indeseables y sobre explotación del entorno natural y social es el camino de reflexión propuesto.

Es una herida sin cerrar, esa cicatriz que impregna la piel, la marca escarlata que cada persona lleva consigo y que en el común de la sociedad es la responsable de los cataclismos que día a día inundan los informativos de televisión, la radio y la prensa escrita. En su trabajo abre la caja de pandora y desata el caos, indómito, capaz de arrasar con todo. La lectura que propone Lacalle es la de llegar a este desorden a través de un argumento fehaciente sobre los acontecimientos inmediatos. Tiene que ver con buscar el entendimiento en el relato pictórico. No sólo la crítica social o la debacle del ser humano captan su atención. Otro de los objetivos sobre él que usa sus armas está dirigido a los grandes movimientos artísticos y literarios que han marcado los siglos XIX y XX.

Estas armas no tienen que ver con explosiones, el ruido de los cañones se silencia con el instrumento de la imagen y su poder hipnótico. Ese silencio es estremecedor, mucho más impactante que cualquier detonación. Ese silencio perturba las mentes y el conocimiento; es capaz de promover acciones y movimientos alternativos a la lógica de la razón. Ese silencio es la antesala de una gramola o tsunami de revolución. Ese silencio presente antes de destapar los miedos y los límites de cada uno. Es la angustia que precede al caos existencial. Justo, el borde el abismo, del final de la batalla.

La inauguración tendrá lugar el viernes 16 de enero a las 20h.

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